Me llamo Thelion Sirtesque, tengo 25 años y en hoy día de Dios a 1.390 D.C. Me encuentro en la época donde valía más la fuerza del acero que la del corazón, por ese motivo me siento diferente a la mayoría. El mío esta forjado como cualquier arma de la época. Mi historia comienza en una campaña al norte de la oscura Europa.

No recuerdo muy bien como empezó todo, pero después de varios días en los que el sol no ilumina y que la sangre fluye como ríos que nunca acaban. Recuerdo ese día muy bien, fue algo extraño estaba como dormido, y desperté sin saber muy bien donde me encontraba. En el centro de una batalla, con la imagen de los huecos del casco, oscuridad a mi alrededor y el eco metálico de los gritos de dolor de la guerra. El sudor en la frente y los cabellos pegados por toda la cara en aquella oscuridad. Aquél ejercito enemigo no tenía piedad, cortando cabezas por doquier, y bañándose de sangre nuestra para intimidarnos, las formas de aquellas armaduras que parecían provenientes del mismo infierno. Prendieron fuego en el campo de batalla, era su costumbre lanzar al enemigo a las llamas abrasándose sobre su propia coraza. Lancé el casco y una sensación de alivio invadió mi cuerpo. Pasaron días, semanas y meses… El ejército quedó mermado, las numerosas bajas sirvieron para desmoralizar, yo era capitán y ahora mi rango es confuso debido a que ya no se quien sigue con vida.

Por las noches te recuerdo, es cuando la calma se hace más intensa y recuerdo tu belleza y todo lo que siento por ti. Antes de descansar me fijo en la luna y al contemplarla pienso que tu haces lo mismo desde la lejanía. La suavidad de tu pelo y tú mirada que me hace olvidar los males de ese mundo tan oscuro y cruel. Si no estuvieses a mi lado no merecería la pena vivir esta vida lúgube y penosa.

El día comenzó muy duro, todo fue bien, sentí angustia al contemplar las miradas de compañeros que de alguna forma sabían que iban a morir. Durante un combate, en el que estaba a punto de asestar un golpe mortal sentí un dolor en la espalda. Me desvanecí, un terrible mareo y mi mirada al cielo. Todo se hacía mas lento a mí alrededor, se oscurecía por momentos los gritos de mis compañeros apenas los oía. Gritaban mi nombre y pude ver mi cuerpo cruzando un umbral, eran las puertas de algún lugar desconocido, supe que era el fin de mis días. En aquél instante, desee algo con todas mis fuerzas y me dieron la oportunidad de elegir. Un ser celestial me otorgó tres días, dos para viajar y uno para encontrarme por última vez con mi amor.

Abrí los ojos nuevamente y mis compañeros no salieron de su asombro. Me curaron las heridas como pudieron, me asistieron y partí aquella noche. Durante esos dos días no paré de pensar en ella. Un ser tan dulce y bello. La amaba y mi situación era de tristeza y anhelo por el poco tiempo del que disponía. Mi herida cicatrizó, pero conforme pasaban las horas volvía a empeorarse. Al tercer día entre por las puertas de la ciudad sin ningún tipo de elogio, ya que era considerado un herido de guerra y no un triunfador. Me despedí de mis gentes, y contemplé cada momento del día, desde el sonido del viento hasta el surcar de las aguas cercanas. Me propuse encontrarla, y la observé sentada en los jardines mirando las flores. Me paralizó el contemplarla, bajo la luz del sol, en todo su esplendor. Nos besamos y pasamos la tarde mientras en mi interior crecía la desolación. Estuvimos juntos en el lecho entre besos y abrazos amándonos.

Después la miraba mientras dormía en su felicidad más plena y las lágrimas surcaron mi rostro. Noté como llegando el amanecer mis cuerpo me dolía, la herida sangraba y antes de marcharme la besé en el más tierno de mis sentimientos. Ya no queda tiempo, no pertenezco a este mundo… Con las primeras luces del alba mi cuerpo se desvaneció y la última gota de mis lágrimas generó un lago. Tiempo después ese lago fue el lugar favorito de mi hija que nació después de que yo desapareciese.