Han pasado bastantes décadas desde que te vi por última vez, cuando emergiste de las aguas bajo la luz de la luna. Después de épocas sin más sentido que sobrevivir vuelvo a despertar de mi sueño, todo ha cambiado desde la noche en que decidí sucumbir en las sombras. Antes de marcharme busqué respuestas a lo que soy, me desviví por saber que sentido tiene la forma en la que sobrevivimos. No encontré absolutamente nada, ni siquiera otros como yo… Quizá este solo y el único ser que vive ocultándose eres tú, no he vuelto a saber de ti, solo mi memoria que permanece inerte al paso del tiempo. Noto la eternidad pasar ante mi y solo los momentos que estuve junto a ti me hacen sentir menos malvado. Recuerdo cuando supe cual iba a ser mi destino, dar muerte para vivir más tiempo, ver los grandes cambios. Mi condena de vagar siempre solo. Te dí lo que nunca hubiese pensado, me arrepentí. Me odié a mi mismo por lo que hice, te arrastre a la senda más oscura y melancólica. Ahora tras casi más de dos siglos, eres lo único que me queda. Todo muere menos tú, similar a una bella estatua que no pierde su forma, que resiste al igual que yo a la muerte y enfermedad.

Mi belleza de dientes afilados, no paro de recordarte cuando hago cosas tan crueles como quitarle la vida a otros sin dejarles una sola oportunidad, mi oscuro corazón llora tu lejanía. La soledad es la mayor muerte en vida, cuando tu aroma se encuentra a pocos centímetros de mi siento la vida, la sensación de que todo recobra el sentido; cuando te miro a los ojos feroces de un depredador impasible siento tristeza por lo que cometí. El sentido de la existencia son el principio y el final…Tras recorrer medio mundo, llegue a la zona más fría. Todo un manto blanco cubriendo hasta donde alcanza la vista, los copos de nieve posándose en mis hombros, caminando sin cesar en compañía de lobos que miran con recelo mi poder. Mis sentidos me condujeron a una vieja iglesia en ruinas, en medio de la nada, donde un tiempo atrás tuvo que ser un bello lugar. Ahora los viejos espectros descansan sobre la nieve que tapa los recuerdos. La vieja cruz se alza sobre un cielo gris que impide al sol alcanzar mi piel, me permite estar en pleno día a salvo, silencio es lo único que noté. Al penetrar en la iglesia un olor familiar me asaltó, el frío aire penetró en mis pulmones inmortales carentes de función pero un pequeño atisbo de dolor punzó mi cuerpo. Pude verla en un banco destrozado, apoyada rezando a un Dios incierto. Un velo negro cubría su rostro y las lágrimas se deslizaban por su cuello. Me acerqué y al verme apartó el velo oscuro mostrando su cara pálida, entristecida. Se lanzo a mis brazos consumida por la alegría y pena a la par. Su fría piel junto mis labios rozando su cuello y su mirada clavándose en la mía. El amor no es algo que un ser inmortal pueda soportar, sin final, las pasiones sin descanso, el anhelo de algo distinto a lo que somos. Un cálido beso con nuestros colmillos rozándose, mientras nuestras lenguas vuelven a encontrarse de nuevo.

La luz del sol iluminó nuestros cuerpos, por primera vez vi su cara bajo la luz, la increíble belleza durante unos segundos cuando el dolor apareció. Una sensación que casi creí olvidada. Consumiéndonos mientras nuestro abrazo se hizo más fuerte, no lloré lo último que recordé fue su aroma. Las cenizas se alzaron en lo más alto entre nubes y nieve.