Me llamo Alice Netkere, tengo 29 años y naci en Noruega. Mi historia se desarrolla en el norte del país lleno de bosques helados, todo ocurrió cuando yo tenía 13 años de edad. Vivía con mi humilde familia en una pequeña aldea en lo más recóndito del mundo civilizado, los grandes árboles cubiertos por las nevadas interminables de mis orígenes. Todo ocurrió una fría mañana de noviembre, mi padre hacia las labores de leñador y cazador, la vida tranquila sin problemas hasta que un vecino esa mañana anunció que unos cazadores furtivos merodeaban la zona en busca de pieles. Mi padre no estaba a favor de la ilegalidad con la naturaleza y aquellos hombres llegaron a nuestro pequeño hogar. No recuerdo muy bien porque comenzó todo aquello, solo recuerdo lo que mis pequeños ojos captaron, mi padre fue golpeado y de su boca sangrante nos chilló para que corriéramos. Me armé de valor y sujeté a mi hermano menor entre mis brazos, apenas un bebé, y vi como a mi madre la sujetaban desgarrándole las ropas. Corrí entre los árboles, la nieve era más pesada por cada zancada y mi hermano agazapándose en mi pecho que no paraba de moverse debido al esfuerzo, todo era una carrera por la supervivencia. Minutos después volví el rostro hacia atrás y una hilera de humo oscuro surcaba el cielo donde se encontraba mi hogar. Al poco tiempo notaba como otras respiraciones, unas pisadas mayores seguían mi rastro, me encontrarían si no hallaba un lugar donde guarecerme y proteger a mi hermano Vanks. La suerte estuvo de mi lado, unos restos de vieja cabaña me protegerían. Escondida abrazando a mi hermanito, el aliento caliente dibujaba humo entre mis labios, temía que el frío nos helara hasta los huesos. Corren leyendas de que un espíritu femenino que vive en la nieve, su cabello es agua helada y su rostro tiene un blancor sin igual, es maligna, puede congelarte por dentro con solo mirarte.

Aquellos hombres malvados estaban merodeando junto a la cabaña, como si de lobos hambrientos se tratasen siguiendo mis pasos. Entre las maderas congeladas de la cabaña pude verlos, grandes colmillos de sus bocas, ojos amarillos, uno de ellos tenia pieles ensangrentadas entre sus garras, era la piel de mi madre, las facciones de su cara deshinchada, como si de un globo sin aire se tratase. Quise llorar, pero tenía que protegerme, las lágrimas calientes rozaron mis mejillas, Mi hermano comenzó a llorar, le tape la boca fuertemente para que no nos descubrieran aquellas bestias. Al cabo de unos minutos siguieron su camino dejando un rastro sangriento a su paso, era la sangre de mi madre. Regresé a mi aldea, al cabo de un rato noté que mi hermano estaba tan helado como la nieve que ahora caía en mi rostro, Vanks no desprendía calor de su boca, su pequeño cuerpo se petrificó, lo agarré con fuerza, corrí y corrí. El poblado estaba arrasado, pedazos de carne esparcidos en la nieve, cuerpos despellejados, mi padre desnudo de ropa, desnudo sin piel en una postura extraña mirando al cielo.

Caí de rodillas en la nieve, me arrastré y abracé el cuerpo sangriento de mi padre, aún estaba caliente, mientras todas las casas ardían a nuestro alrededor. Una corriente helada se levantó de la nada y ese frío penetró en mi boca. Pocas horas después noté como unas personas me rescataron. Amanecí en una cabaña llena de niños, me encontraba en una especie de orfanato de niños abandonados, niños a los que la suerte ha rechazado. Después de conocer a todo el personal me llevaron a un pequeño jardín lleno de lápidas pequeñas, habían enterrado a Vanks. Aquella noche apenas cené y me acosté pronto, no me apetecía hablar con nadie. El sonido de un llanto de un niño rompió el silencio de la noche, y eso desencadenó más de un llanto. Me levanté de la cama echándome las manos a las sienes no podía soportarlo, aquellos llantos como mi pequeño hermano, callaos, grité mientras crecía en mi interior la desesperación, no pude hacer nada para salvarlo, yo lo maté. Mi rostro se alzó, mis ojos eran azules, un azul similar a las estrellas que forman las partículas de nieve. La temperatura de la habitación comenzó a descender, mi piel se hizo totalmente pálida. Aquellos niños comenzaron a taparse en sus camas, los llantos cesaron chuzos helados colgaban del techo, mis cabellos crecieron, mi cuerpo de niña se desarrolló totalmente a una mujer, y mis labios morados no paraban de sonreír. A la mañana siguiente se encontraron los niños congelados las sabanas pegadas a sus pequeños cuerpos. Ahora vivo en Canadá, a veces me han visto cuando alguien se pierde en invierno en los bosques, antes de morir congelado los miro sin cesar y nunca paro de sonreír.