El retorno
Antes de la lectura de este nuevo relato corto, quiero informar a los lectores que esta pequeña historia es muy brutal. (Atención para los corazones sensibles, es algo fuerte)
Ha terminado la guerra, los últimos disparos cesaron cuando el comunicado había sido dispuesto al frente bélico. Sabía que mi trabajo había terminado y solo me quedaba esperar la vuelta a mi hogar. Ya no recordaba cuantos años han trascurrido desde que me enfundé el uniforme para el matadero de bombazos y ametralladoras. Me han quedado algunas cicatrices de guerra, y mis oídos están castigados de tanto sangrar por los tímpanos. Ya nada importa, solo sé que voy a regresar a mi hogar
Cargado en los transportes militares ya puedo recordar el olor a mi tierra, a sus vastos campos y el típico sonido urbano que caracteriza cualquier ciudad por pequeña que sea. Después de recibir los abrazos de unos padres llenos de tristeza por la marcha de su joven hijo, sus sonrisas vuelven a dibujarse en sus rostros. Yo bien sabia que algo no andaba bien, acudí al médico para que me realizase unas pruebas y me dictó que mi estado de salud era óptimo. Descanso y reposo, esas fueron sus palabras. Tenía ligeros dolores de cabeza y mis oídos percibían sonidos que seguramente era algo psicosomático, me encontraba en casa y con una vida nueva por delante, todo tendría que ir bien.
Durante los primeros meses desde mi regreso conocí a una chica y estuvimos tonteando, necesitaba un respiro porque no paraba de recordar la trinchera y medio cuerpo mutilado del sargento, con sus ojos blancos mirando a un lugar que los demás no podemos percibir.
Una de las noches al poco de lograr acoger los brazos del sueño, vi el reflejo de porque me hice tan famoso en la guerra. Si, en el fondo no deseaba que terminase aquél infierno, no paro de recordar las caras de sufrimiento de los militares enemigos que se cruzaban a mi paso. Al principio, lo normal era matarlos por propia defensa u órdenes de ataque. Aún recuerdo una de las misiones en que utilice mi machete afilado, el brillo de la hoja dibujado en los ojos de la podre víctima. Estaba haciendo lo correcto, si no me cabe la menor duda, estaba defendiendo mi patria y los intereses del ejército. Los gritos de dolor, que melodía tan abrumadora, chillando con sus vísceras fuera mientras yo jugaba con ellas. Me encantaba matar, eso sí, siempre tenían que estar vivos, sin sufrimiento no hay recompensa de redimir los pecados.
Un fuerte pitido sacudió mis oídos, me revolví en la cama empapado en sudor frio, mis ojos se cerraron y al abrirse de nuevo mis pupilas eran diferentes ya no me conocía. En el espejo del lavabo podía reconocer a mi compañero de la guerra es él quien los despedazaba y en algunas ocasiones se llevaba apéndices de los cuerpos o se los comía. Había vuelto a mí, pero tenía que hacerle entender que la guerra había terminado y estaba en un lugar de paz donde no hace falta actuar. Su negación lo dijo todo, había vuelto y no deseaba marcharse, quería estar conmigo a mi lado.
Esa noche me enfundé el uniforme que estaba sin lavar con la sangre estampada y algunas quemaduras de pólvora. Nos sentaba muy bien el atuendo, queríamos seguir trabajando, aún queda mucho por hacer, órdenes que cumplir y estábamos entrenados para ello. El machete nuestra arma preferida, las balas son para cobardes, si aún recuerdo tus palabras, llevabas toda la razón. Ahora no hay tiempo que perder salgamos a detener a todos los insurrectos.
Llamé a la puerta de la chica con quien deseaba antes de formar un posible futuro y al abrirme su sonrisa se vio truncada, mi machete se hundió hasta el fondo en su abdomen. Recuerdo sus lágrimas y la cara de incomprensión. Necesitaba un estimulo, un trofeo para llevarme y no lo pensé dos veces, su linda cabecita me seria un grato recuerdo. De sus cabellos suaves la sujetaba mientras se desprendía del tronco y ahora pensaba en mis adorables padres.
Mis progenitores durmiendo plácidamente, es una imagen muy bonita y enternecedora. Mi más preciado tesoro que quería conservar y redimirlos. Por buenos que sean el humano siempre tienda al pecado y quiero poner una solución. Mis ojos vidriosos por aquellos pensamientos que me quemaban el corazón, pero era mi deber tenía que hacerlo. Cuanto antes mejor.
Asesté una puñalada a mi madre y no le dio tiempo ni a enterarse, su viejo corazón besaba la hoja de mi machete,mi padre despierto, llorando me miraba con asombro y desprecio. Pero no voy a consentir que la ira corrompa su vida de plena paz y mi cuchillo atravesó su garganta.
En una bolsa negra de basura había algo similar a tres balones de futbol, y esa noche dormí con una tranquilidad absoluta, mi querido amigo nunca me abandonará siempre existe el retorno.

El blog gótico. Cubil de pesadillas, seres de la oscuridad y el terror
