Todo comenzó cuando una mañana compré el periódico, me había costado como cosa de un euro. No me fijé en la página de la primera plana, había en la fotografía principal los restos de lo que parecían ser una persona.
Era el espectáculo de lo grotesco, la degradación de la carne, sangre y más sangre… Abrí la siguiente página del diario, aparecieron todavía más detalles del atentado, ¡Viva la objetividad! ¡No faltaban mas detalles sangrientos y penosos!
Tire el periódico angustiado por las imágenes, cogí el mando del televisor y pulsé al azar una de las cadenas, eran las tres de la tarde, hora punta según las estadísticas televisivas, el autentico “Prime-Time”. Nada más aparecer las primeras imágenes volví a apreciar la misma imagen, la misma sangre, la misma carne destrozada a causa de una bomba de un atentado. No podía reconocer lo que era: ¿niño, hombre, mujer, anciano? Que más da, ya había vuelto a ser victima de la objetividad tan imparable y desagradable, sólo que esta vez en movimiento y a todo color…

¿Se pueden contar las cosas de otra forma sin aplacar tanto a los detalles? ¿Hace falta tanta sangre para que nos hagamos una idea de lo que ha ocurrido?
Todas estas preguntas no se quien me las podría responder, un periodista, ya sea un redactor o un director de informativos me respondería: “Es lo que vende, la gente lo demanda y la audiencia o lectores suben”.
¿Acaso eso es una respuesta que justifique nuestra falta de escrúpulos generada por este tipo de acontecimientos?
Tampoco pido que vivamos en un mundo feliz de fantasía que ya escribió en la magnifica obra de Aldous Huxley. No hay solución todo empezó así y así acabará, todos victimas del nacimiento del nuevo sensacionalismo apadrinado por las hardnews.