Pude seguirlo por el sendero oscuro, era como un descenso a través de la oscuridad. Podía notar como aquello respiraba y transmitía inseguridad. A veces miraba hacia atrás, con la esperanza de no ver nada. Pero ese ruido constante y la sensación de que algo me oprime los pulmones me provocaba estupor. El guía de cuerpo maltrecho no daba tregua para un descanso, era como si tuviera la prisa de un alma a punto de ser llevada por el mismo diablo. Bien sabe dios que deseo ver la luz, esta oscuridad acompañada por la espesa humedad me produce una congoja que parece saltar el corazón del pecho. Nos adentramos más en el descenso, y es cuando oigo el ruido de lo que yo llamo cornetas. Noto el vello erizarse provocando dolor en la piel. El miedo hace que las lágrimas afloren alrededor de mis ojos. ¿De dónde proviene ese sonido? ¿Por qué el guía no dice nada?
Solo puedo seguirlo, si lo pierdo nadie me encontrará en el interior de este lugar, y no deseo escuchar esos ruidos de cerca. Cada paso que doy es un eco en la inmensa oscuridad en la que nos encontramos. Sé que descendemos, la luz de la antorcha crepita debido a la humedad del ambiente, hemos descendido más de diez grados en tan solo unos pocos metros. La sensación de frío hace templar hasta el último de mis huesos, puedo decir que siento realmente algo de miedo, no me avergüenza reconocer que estoy en algún lugar perdido con un ser que ilumina el camino. Me armé de valor después de que aquellos sonidos a veces lejanos se disipasen; ahora era el silencio y era tan espeso que casi se podía respirar. La visión del aliento caliente al contacto con el gélido aire producía figuras fantasmales alrededor de mis labios. Adelanté el paso y me coloqué justo detrás del guía que extrañamente nunca aminoraba el paso. Hacia muchas horas que no me dirigía la palabra, era extraño que no se haya girado en un solo instante. Un sudor frío recorrió mi espalda cuando vi la mano que tenia libre el extraño guía, había perdido la similitud de la forma humana: sus dedos eran deformes, gruesos y poderosos. Provistos de largas uñas ennegrecidas. Era espantoso fijarse que gran parte del pelo lo había perdido, y su paso era pesado y desgarbado pero a su vez firme. No me atreví a decirle nada, estaba claro que el camino que ahora seguimos no era el que me lleva a casa... A la luz del día. ¿A dónde... descendemos?
Empiezo a recordar, fue durante la cruzada. Era de la orden de Dios, la campaña estaba en todo su fragor en la batalla. Ocurrió en el arroyo. Miles de muertes en el agua, estaba todo teñido de sangre, no paraba de llover y las armaduras eran demasiado pesadas para aguantar tantas horas de lucha. Las órdenes eran mantener la posición ofensiva y contraatacar. Nos enviaron a todos a la muerte. Algunos soldados enloquecieron porque la batalla no duró días, sino meses. Recuerdo cuando empezaron a colgar cabezas de largas estacas, a despellejar los cuerpos que servirían de pasto para los cuervos. Caímos durante la refriega, fue un embudo y los ensartaron como si fuéramos animales, recuerdo la mirada de uno de mis capitanes antes de morir, sus ojos se apagaron en ese instante con mi imagen en su retina. Fue espantoso. Y yo... recuerdo que algo me atravesó el pecho por la espalda saltando litros de sangre a uno de mis soldados. Mi mano bajó por la coraza y encontré la gran apertura, metí los dedos y noté el tacto fresco de una herida mortal abierta. Comencé a respirar profundamente, me ahogaba al pensar que aún seguía la herida en el lugar. No es posible, puedo respirar, puedo caminar... y puedo hablar.
-¿A dónde me llevas viajero?- Grité con fuerza.
El extraño guía se paró en seco, el tiempo pareció congelarse mientras su grotesco rostro se volvió ante mí. Una carcajada mostro unos dientes pequeños y afilados similares a los de una alimaña del mismo infierno.
-Vamos al lugar que te corresponde querido general...-
Su voz era aguda y sus ojos totalmente negros se iluminaban con la luz de la antorcha. En aquél momento me temí lo peor.
-¿Y dónde es ese lugar? ¡Contesta bestia inmunda!-
Apreté los puños y notaba el chirriar metálico de los guanteletes. Cogí el enorme crucifijo que colgaba de mi cuello. Ahora empezaba a creer en las viejas historias de brujas, demonios y seres similares.
-No, déjalo, no te servirá de mucho, debes de seguirme por el momento.-
-No iré a ninguna parte espantoso ser, Dios está conmigo y te llevaré a sus pies, hacia la luz...-
Comenzó a reírse dejando caer entre sus labios una saliva oscura y me señaló con una de sus largas uñas.
-¿Enserio crees eso? Dios te ha olvidado, lo hizo en el momento en que comenzó la batalla en ese valle. Y tú no sobreviviste, ninguno de tu batallón lo hizo. Muertos... Todos.-
Me quedé en silencio y vi que la luz se alejaba. Mi instinto me hizo seguirlo hasta que llegamos a la salida. Era de noche, sin luna y estrellas. Una suave niebla recubría el suelo del campo hasta que vi las antorchas de un ejército. Reconocí los colores de la bandera, era mi escuadrón. No podía salir de mi asombro, contemplar mi batallón en semejante lugar era incomprensible.Uno de mis capitanes se acercó hacia mí.
-Señor estamos listos para hacer frente.-
El horror volvió hacerse presa de mí, el capitán estaba herido mortalmente. Las heridas no paraban de sangrar y me hablaba con total normalidad. ¿Pero qué diablos?
-Preparen posiciones, no se a que nos enfrentamos, ni siquiera sé donde estamos... No pienso quedarme de brazos cruzados. Si esto es un castigo de Dios al menos que nos pille con las armas alzadas.-
Me trajeron el casco y la espada. Vi mi reflejo en el metal. Mi rostro era pálido, sin vida. Monte mi corcel que carecía de ojos y levanté la enorme espada. Observé el mal estado de la tropa mientras se dibujaban sonrisas en sus grotescas caras de cadáver.
-Caballeros, no sé qué ha pasado en estas últimas horas. No quiero pensar demasiado, soy un hombre de guerra, no de palabras. Quizás sea una segunda oportunidad, o es una terrible pesadilla. Vamos a luchar por nosotros, porque creo que Dios nos ha abandonado a nuestra suerte.-
Escuché de nuevo las trompetas mientras apretaba con fuerza la empuñadura. Algo se acerca, sea lo que sea viene hacia aquí.
-¡Estad preparados! ¡Pronto sabremos que nos depara el destino...!-
Imagen: ilustración Sauron modificada.

